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Wednesday, January 22, 2014

El juego de la igualdad



Juguemos a que estamos de acuerdo con lo que propone la ideología de género. Si es así que un hombre y una mujer son exactamente iguales, idénticos (no solo a efectos jurídicos, ni en lo referente a su igual dignidad personal), entonces entre ellos las únicas diferencias posibles son las impuestas por la biología, es decir, por el cuerpo con el que se nace, el cual no se elige. Todo lo demás son condicionamientos sociales. ¿Cómo es posible que esa misma ideología ampare a un transexual y en el caso de la Junta de Andalucía financie con el dinero público las operaciones de cambio de sexo? ¿Cómo puede plantearse tomar medidas contra un colegio andaluz que impone a un alumno llevar el uniforme acorde con el cuerpo que posee?


Si jugamos de verdad a la “igualdad”, un transexual transgrede las normas, pues al margen de su cuerpo dice ser mujer u hombre, lo que no es más que rechazar de plano que los hombres y las mujeres sean idénticos. No se puede ser hombre dentro de un cuerpo de mujer, ni mujer en cuerpo de hombre, pues para la ideología de género solo existen hombres y mujeres en el terreno biológico. En otras palabras, no existe la posibilidad de sentirse hombre o mujer, si no es por un condicionamiento social que presupone que las mujeres y los hombres sienten (se sienten) de un modo distinto. Un transexual es el antagonista de la igualdad de género; es el máximo exponente de la diferenciación de género. “Transexual” para las instituciones que vigilan la igualdad de género debería ser una palabra tan horrible como “sumisa”, “segregación”, “machismo”. ¿Qué sentido tiene que los que dictan las normas tomen medidas contra los que cuidan esas normas hasta el extremo de poder perder su concierto? El colegio de San Patricio de Málaga
y los padres perjudicados por la decisión de la Junta de abrir un expediente, deberían recibir, de acuerdo con esta ideología, un premio por su compromiso con la igualdad. Para mí, que estoy jugando a esto, son unos héroes y unas víctimas del poder. 

Friday, August 24, 2012

Vuelta al cole




El Corte Inglés ya está preparado para la vuelta al cole, así lo dice su publicidad. Ya está el dichoso cartel inmenso que anuda los nervios en el estómago a los padres, que van a tener que desembolsar unos buenos euros en las mejores ofertas, y a los niños, que ven que su paraíso estival tiene fecha de caducidad. Lástima.
Y me pregunto ¿para qué ese gasto y esos nervios? Si los datos del fracaso escolar y de los resultados del informe PISA son reales, resulta que los españoles gastan tiempo, dinero y ganas en fracaso y bajo nivel educativo. Lo que no entiendo es por qué a la generación del fracaso escolar se le quiere denominar la más preparada de la historia, pero ese es otro asunto.
Lo cierto es que la LOE es un desastre, que ha reforzado los puntos más negativos que contenía la LOGSE, que no se funda en la realidad, sino en bonitas teorías pedagógicas y en ideología. Que haya que gastar dinero en esa porquería es denigrante para el contribuyente. Si yo tuviese que pagar cada año para que me destrocen el coche en un taller me tomarían por idiota. Más, si tengo que forrarlo a complementos caros antes de llevarlo. ¿Por qué pagamos y nos angustiamos para que nos destrocen obligatoriamente a los niños -al menos hasta los 16 años- en los centros de enseñanza? Ya que nadie parece dispuesto a legislar un proyecto educativo no demagógico, al menos que dejen a los padres tirar su dinero en el centro que les dé la gana y que les subvencionen una educación, que como mucho podrá ser igual de terrible, no más, que esta, como pueda ser la privada, donde se ofrece un poco más de alternativa, por ejemplo, la diferenciación entre niños y niñas atendiendo a sus diferencias cognoscitivas y madurativas, por ejemplo, ya que ofrecen otras muchas alternativas.

Friday, June 29, 2012

Lectura escolar



En el asunto de la lectura de los niños tememos renunciar a lo pragmático, aunque sus escasos resultados vayan en perjuicio de lo esencial.
¿Por qué deseamos que los niños lean, “aunque sea” un diario deportivo? Porque, sin duda, tenemos la convicción de que el hábito de descodificar palabras, sean las que sean, beneficia indiscutiblemente al lector. Sin embargo, en mi experiencia no pequeña de fomentar la lectura, encuentro, no inútil, sino hasta perjudicial, el hecho de que los niños lean por leer.
Actualmente en el mercado editorial juvenil se ofrecen ingentes cantidades de títulos encaminados a esta praxis del leer por leer. Y me pregunto ¿esas lecturas benefician a sus lectores? Si somos pragmáticos –y olvidamos cuál es la esencia misma de la lectura-, diríamos que sí, pues el niño se acostumbra a leer y eso hará que mejore sus destrezas expresivas. Es decir, un resultado que hace de la lectura una acción exclusivamente instrumental. Así y todo, no tengo clara la certeza de esta afirmación desde un punto de vista empírico, pues conozco una mayoría de consumidores de este tipo de lecturas que no mejoran su vocabulario, no maduran sus ideas y no son capaces de expresarse mejor que sus compañeros que no leen. Es más, fácilmente esos lectores acaban por abandonar la lectura y encontrar tediosa la presencia de un título clásico, qué decir ya si se trata de poesía.
Lo único pragmático constatable de estas lecturas es que resultan entretenidas en tanto que muchas de ellas apelan a esa curiosidad llamada morbo (erotismo, violencia, sangre, poder, venganza), que está despertando en las mentes adolescentes. En cuanto el morbo se puede encontrar más cómodamente en la internet, en la televisión y en la propia vivencia de la calle, no es raro que se abandone la lectura. ¿Ha resultado entonces formativo que el niño lea? Observo que no. Y es que se olvida que la literatura es algo que se valora por su esencia, no por logros cuantificables.  De modo que un niño que haya leído un solo libro en todo un curso académico, puede haber madurado más que el que haya recibido un diploma por leer gran cantidad de libros durante el mismo curso.
La literatura busca la comunicación y, por tanto, lo más importante es seleccionar los mensajes que pretendemos que el niño lea y asimile. Los mensajes más enriquecedores suelen expresarse de un modo que no se alcanza a comprender sin haber adquirido una determinada manera de descifrarlos, de leer. Si lo que enriquece de un libro es indescifrable, es entonces inalcanzable y hace estéril la obra literaria.
Para lograr que un niño esté en disposición de hacerse mejor –esto es la esencia- a través de la lectura, debemos ir ofreciéndole de modo progresivo libros de calidad, con valores universales, con riqueza expresiva, de toda índole: lírica, narrativa y dramática; con abundancia de simbología, con palabras en desuso dentro de su jerga y del empobrecido lenguaje coloquial. Para ello no queda más remedio que salir del mercado y de los fenómenos de masas. La lectura de un libro como Juego de tronos, puede resultar más perjudicial, esencialmente hablando, que no leerlo.
Los planes de estudios deberían ser más sensibles a la auténtica importancia de la lectura, de poner en disposición de leer, entender y disfrutar, por ejemplo El Quijote, a una mayoría de estudiantes; pero mucho me temo que los intereses ideológicos estén por la línea de grabar en la mente del lector lo políticamente correcto, frente a lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo que merece la pena y lo que es despreciable. Y, sin duda, es por ello que una corriente muy fuerte de la actual didáctica de la literatura renuncie a los clásicos por mor de un canon impuesto por las necesidades comerciales de las editoriales y de los grupos ideológicos de poder como el feminismo, el ecologismo, el laicismo y otros ismos, siempre empobrecedores –ya que se limitan a ver la realidad por un solo canuto-, frente a la amplitud de los valores universales que hacen clásicos a los clásicos, pues son imperecederos.

Wednesday, August 27, 2008

Dos velas para el diablo



Al parecer en Grecia hay un refrán que dice que cuando uno le pone una vela a Dios hay que ponerle dos al diablo, eso afirma Laura Gallego en su página web para justificar el título de su última novela para el público infantil-juvenil: Dos velas para el diablo.

Me imagino que realmente este dicho existirá en aquella egregia tierra -no tengo amigo alguno de por allí a quien preguntarle-, lo que no sé es cuál será la relación lógica que encadene esas dos sentencias; en fin, no es mi propósito hablar sobre el significado de tan curiosa frase. No obstante, sí es mi propósito mostrar la perplejidad en la que me quedo, al comprobar que el libro de Gallego es publicado por SM, famosa editorial antaño, al menos, de los marianistas. ¿Por qué mi perplejidad? Porque me parece un libro éste poco educativo, es más, me parece –siempre hasta cierto punto, tampoco hay que exagerar- destructivo, y es contradictorio que lo publique una editorial que se llama a sí misma educativa.

Sí, me parece destructivo, porque los lectores de Laura Gallego suelen ser chicos (y utilizo nuestro útil género común) preadolescentes y adolescentes, es decir, gente por formar, muy vulnerable a cualquier idea que presente apariencia de verdad.

A estos chicos se les está acostumbrando a leer –precisamente, paradoja, en un momento en que se quiere una sociedad laicista, es su sentido más materialista de la palabra- historias de ángeles y demonios, magia y fuerzas ocultas, intentando dar un fundamento a su existencia (algo que nunca ha sucedido en los auténticos cuentos de fantasía, donde el origen de todo hecho fantástico brilla por su ausencia) y confundiendo las categorías de bueno y malo en unos personajes que lo son al arbitrio de la autora, aunque sean demonios (que obedeciendo al refrán griego en le que se inspira la novela, no puede ser otro el diablo que el de la Biblia, el de la religión cristiana, que es malo), y es que en esta novela hay demonios buenos.

Se logra así confundir a los maleables lectores, cuya idea de lo sobrenatural suele ser muy precaria, y está acosada por sincretismos religiosos tan particulares como el de Laura Gallego, que es capaz de mezclar lo kistch, con la estética del manga y un complejo mundo de esoterismo, donde los protagonistas están sometidos a violentos episodios de venganzas, amores vacuos, lucha por la supervivencia del más preparado, etc. Se puede creer que los demonios pueden existir o no, pero hay que aclarar a un niño que, si se admite su existencia, el demonio es malo. Una vez establecidas y fijadas estas categorías el niño tendrá tiempo más adelante de plantearse otras subjetividades acerca de la ambigüedad del bien y del mal.

Fuera de juzgar la calidad literaria de los libros de Gallego, lo que no voy a hacer ahora, considero que su obra ha caído en un carril literario de moda (el de Harry Potter, El elfo oscuro, El ejército negro...), donde la fantasía ha derivado a lo demoníaco, al morbo que despierta en el ser humano la atracción del mal, y al tirón que tiene actualmente la intriga policíaca asociada a todo tipo de ambientes y mundos literarios. Pienso que nuestros best seller son una reencarnación de Agatha Christie en los más peculiares relatos (sirva como ejemplo la novela de Eduardo Mendoza El asombroso viaje de Pomponio Flato o el famoso Código da Vinci, compendios de mentiras y ácidas sátiras donde priman las ventas por encima de lo literario). En ningún caso justifico que una editorial de prestigio, como SM, se sirva de los estudios de mercado para publicar novelas exitosas, pese a sus escasos o contradictorios valores. Al pueblo se le puede hablar en necio para darle gusto, pero los niños tienen derecho a que se proteja su formación intelectual, para lo que hay muchos libros –de otro tipo- y muy buenos.

Friday, November 30, 2007

Derechos del niño

Existe, en estos tiempos, la convicción generalizada de que la infancia debe ser respetada y defendida como un valioso bien de la persona.

Decir que la infancia es un bien tiene mucha más enjundia de lo que puede parecer a simple vista, puesto que ese bien es algo que estamos destinados a perder, de modo irremediable, con el tiempo. Efectivamente, la infancia es un momento de la vida en la que el hombre es capaz de vivir con la sencillez de quien está descubriendo el mundo, de quien no tiene ideas prefijadas; en la infancia el hombre vive sin preocupaciones porque tiene en quien confiar; tiene siempre algo a lo que amar –¿se han fijado la capacidad de enamorarse que tiene un niño de cualquier persona y de cualquier cosa?- y alguien por quien sentirse querido, ¿o no? Si la respuesta es sí, la infancia es un bien que aunque desaparezca debe iluminar toda nuestra existencia y es por ello quizá por lo que hayamos sido los hombres dotados de memoria. La infancia es un trozo de vida sin prisas, sin complicaciones mentales. Es un trozo de vida donde todos hemos pensado bien, hemos creído en un mundo mejor, y deseábamos que Dios fuera bueno. Es una etapa de paz ¿O no?

La gran tragedia de una persona es vivir sin seguridad desde la infancia, sin amores, sin juegos, sin padres y familia que le quiera y proteja. La tragedia de no haber sido nunca niño es la de haber carecido de un bien de carácter efímero pero fundamental para el desarrollo personal.

Sin esos pilares un niño es carne de cañón para un desequelibrio emocional y nocional, es por ello por lo que los derechos del niño pasan por el derecho a una familia y a una educación. Sin familia, el universo de valores del niño lo van conformando intrusos, desconocidos de un mundo deshumanizado que invaden el espacio de intimidad inviolable de la persona: la conciencia. Estos intrusos pueden ser la televisión, internet, la calle, la publicidad… e incluso –por desgracia- el colegio.

Vivimos, quizá, en el momento histórico donde más respeto se tiene teóricamente por la infancia en España, sin embargo existe la enorme contradicción de promover leyes en contra de la familia (matrimonio gay, adopción de niños por homosexuales, divorcio express) y en contra de una educación de calidad (LOE), así como a favor de un intervencionismo gubernamental en la formación de las conciencias (Educación para la Ciudadanía).

Invito a quienes se mantengan en tales incoherencias a pensar en la responsabilidad que tienen en lo que hacen, y también a reflexionar sobre ese refrán tan de nuestra cultura, y tan de tradición oral transmitido en las familias de padres a hijos que reza: “obras son amores y no buenas razones”.