Es probable que a más de uno le
haya ocurrido lo que a mí antes de ponerme a escribir este texto: querer proporcionar
el argumento definitivo e incuestionable sobre el asunto de marras. En esta
ocasión, el aborto.
Sin embargo, es más que difícil
hablar de determinados asuntos que se dicen “ideólogicos”, sin posicionar al
lector, casi mecánicamente, a favor o en contra, y sin despertar ese “espíritu
crítico” que todos tenemos, que más que intentar juzgar como verdaderos o falsos los juicios del autor, se
afana con cierta ansiedad en buscar aquella información , modo de decir, o lo
que sea, que desnude el posicionamiento progre o reaccionario del narrador,
para dejar de pensar y poder leer con tranquila simpatía o antipatía lo que
resta del artículo.
En fin, yo les ahorraré esfuerzo;
estoy en contra de toda ley que no prohíba taxativamente el aborto. Hala, a
descansar la mente. Tampoco les daré el tal argumento definitivo. Lo siento.
Si aún continúan leyendo, díganme
¿quién duda en conciencia y sinceramente (después de haberlo pensado, claro
está) de que la reproducción asistida (en tanto su aplicación supone el sacrificio de algunos embriones) y el aborto sean prácticas eugenésicas?
Al fin y al cabo se trata de seleccionar quién vive y quién no, de manera
arbitraria. ¿En qué nos diferenciamos, pues, de esos que seleccionaban a los
individuos que debían existir y eliminaban al resto, esos nazis a los que ahora
tanto aborrecemos? ¿Nosotros somos, quizá, mejores seleccionadores? ¿O tal vez
nos merezcamos más que ellos el vivir con quien nos dé la gana? El hecho mismo
de considerar una amenaza el nacimiento de un niño cuando toque, a parte de
recordarnos ciertos relatos bíblicos como el de Herodes, dice mucho acerca de
las motivaciones que mueven a una sociedad que se complace en definirse como
moderna y democrática.
Juguemos a que estamos de acuerdo
con lo que propone la ideología de género. Si es así que un hombre y una mujer
son exactamente iguales, idénticos (no solo a efectos jurídicos, ni en lo
referente a su igual dignidad personal), entonces entre ellos las únicas
diferencias posibles son las impuestas por la biología, es decir, por el cuerpo
con el que se nace, el cual no se elige. Todo lo demás son condicionamientos
sociales. ¿Cómo es posible que esa misma ideología ampare a un transexual y en
el caso de la Junta de Andalucía financie con el dinero público las operaciones
de cambio de sexo? ¿Cómo puede plantearse tomar medidas contra un colegio
andaluz que impone a un alumno llevar el uniforme acorde con el cuerpo que
posee?
Si jugamos de verdad a la
“igualdad”, un transexual transgrede las normas, pues al margen de su cuerpo
dice ser mujer u hombre, lo que no es más que rechazar de plano que los hombres
y las mujeres sean idénticos. No se puede ser hombre dentro de un cuerpo de
mujer, ni mujer en cuerpo de hombre, pues para la ideología de género solo
existen hombres y mujeres en el terreno biológico. En otras palabras, no existe
la posibilidad de sentirse hombre o mujer, si no es por un condicionamiento
social que presupone que las mujeres y los hombres sienten (se sienten) de un modo
distinto. Un transexual es el antagonista de la igualdad de género; es el
máximo exponente de la diferenciación de género. “Transexual” para las instituciones
que vigilan la igualdad de género debería ser una palabra tan horrible como
“sumisa”, “segregación”, “machismo”. ¿Qué sentido tiene que los que dictan las
normas tomen medidas contra los que cuidan esas normas hasta el extremo de
poder perder su concierto? El colegio de San Patricio de Málaga
y los padres perjudicados
por la decisión de la Junta de abrir un expediente, deberían recibir, de
acuerdo con esta ideología, un premio por su compromiso con la igualdad. Para
mí, que estoy jugando a esto, son unos héroes y unas víctimas del poder.
Cuando un niño, adolescente o
joven universitario, afirma no tener nada que estudiar se le suele responder
que hasta que no tenga todo sobresaliente tendrá algo que estudiar. De modo que
mientras exista una deficiencia en el conocimiento será posible crecer en este.
Por tanto, los estudiantes desocupados que no alcanzan buenas calificaciones no
pueden culpar a nadie más de estas, sino a su desidia.
Si extraemos esta lógica al campo
de lo profesional y laboral, me pregunto ¿cómo siendo España un país no
sobresaliente, es decir, de 10, en tantos aspectos (universidad, industria,
banca, infraestructuras, política, economía, y todos los etcéteras que se
quieran poner) puede tener tantos ciudadanos -unos seis millones- en edad laboral
desocupados?
En este caso, la desocupación que
no se deba a la mera desidia, viene impuesta. Impuesta desde su raíz por un
sistema educativo que no dirige bien hacia las auténticas necesidades de
crecimiento de la nación. La escuela ha sido maltratada en España por leyes
educativas promovidas desde el prejuicio ideológico. Quizá sea momento de
aceptar el auténtico valor de la escuela como garante del futuro de una nación.
Un proyecto educativo que respete los
intereses particulares de la persona, pero que pueda conducirlos hacia los de
la nación, de modo que no entren en conflicto y dirija a cada uno a solventar
una de las muchas deficiencias que tiene España.
El Corte Inglés ya está preparado
para la vuelta al cole, así lo dice su publicidad. Ya está el dichoso cartel
inmenso que anuda los nervios en el estómago a los padres, que van a tener que
desembolsar unos buenos euros en las mejores ofertas, y a los niños, que ven
que su paraíso estival tiene fecha de caducidad. Lástima.
Y me pregunto ¿para qué ese gasto
y esos nervios? Si los datos del fracaso escolar y de los resultados del
informe PISA son reales, resulta que los españoles gastan tiempo, dinero y
ganas en fracaso y bajo nivel educativo. Lo que no entiendo es por qué a la
generación del fracaso escolar se le quiere denominar la más preparada de la
historia, pero ese es otro asunto.
Lo cierto es que la LOE es un
desastre, que ha reforzado los puntos más negativos que contenía la LOGSE, que
no se funda en la realidad, sino en bonitas teorías pedagógicas y en ideología.
Que haya que gastar dinero en esa porquería es denigrante para el contribuyente.
Si yo tuviese que pagar cada año para que me destrocen el coche en un taller me
tomarían por idiota. Más, si tengo que forrarlo a complementos caros antes de
llevarlo. ¿Por qué pagamos y nos angustiamos para que nos destrocen obligatoriamente
a los niños -al menos hasta los 16 años- en los centros de enseñanza? Ya que
nadie parece dispuesto a legislar un proyecto educativo no demagógico, al menos
que dejen a los padres tirar su dinero en el centro que les dé la gana y que
les subvencionen una educación, que como mucho podrá ser igual de terrible, no
más, que esta, como pueda ser la privada, donde se ofrece un poco más de
alternativa, por ejemplo, la diferenciación entre niños y niñas atendiendo a
sus diferencias cognoscitivas y madurativas, por ejemplo, ya que ofrecen otras
muchas alternativas.
El 18 de enero se presentó oficialmente el pormario póstumo de Joaquín Antonio Peñalosa Santillán, mexicano. Los ponentes fueron
* Sr. D. Fernando Arredondo, Profesor de Lengua y Literatura, preparador de la edición.
* Sr. D. Doctor Miguel Ángel Arias, Profesor de Literatura Universidad San Pablo CEU.
* Sr. D. Jaime del Arenal Fenochio, Director del Instituto de México en España.
Aquí se pueden ver algunas imágenes de dicho acto, así como el texto completo de la presentación de su prologuista.
Un momento de la presentación, en la que interviene Ángel Arias, profesor de Literatura de CEU San Pablo.
Vista del salón del Instituto de México en España, donde además de parte del aforo se pueden observar algunos lienzos de pintura moderna mexicana.
ALGUNOS MOMENTOS DE LA PRESENTACIÓN
Texto de la presentación de Río paisano, por Fernando Arredondo:
PRESENTACIÓN EN LA EMBAJADA DE MÉXICO
INSTITUTO DE MÉXICO EN ESPAÑA
Agradezco a don Jaime del Arenal y a don Francisco Robles, su interés por este libro y la posibilidad que me han ofrecido de presentar este libro en su casa, así como la presencia de todos ustedes en este acto.
Como saben, el poemario que nos ha traído hasta este acogedor rincón de México en Madrid, no es del conferenciante que ahora se dirige a ustedes, sino de un hombre que nos dejó en el año 99, que es quien debería estar ahora hablando de su libro, y no yo, que no soy más que un desconocido que ha osado –si se me permite decirlo así- poner mis manos sobre las palabras de Joaquín Antonio Peñalosa.
Es por eso que me lleno de un respetuoso pudor cuando algún lector bienintencionado, quizá alguno de ustedes, se me ha acercado para pedirme que le dedique el libro, pues aunque haya sido yo quien ha preparado el prólogo y la edición, me siento como si profanara el derecho a “dedicar” que le corresponde a su auténtico autor.
Y cómo no, imagino que si hoy pudiera estar Joaquín Antonio aquí, siempre tan agradecido y humilde, tendría también unas palabras de agradecimiento para Fidel Villegas, Director de Cuadernos de Poesía de Númenor. Gracias a él y a su interés, inasequible al desaliento en estos tiempos malos para la lírica, se termina de publicar la obra poética de Peñalosa. Y precisamente en España, esa tierra tan querida por nuestro autor.
Querría ahora, realizado el “ritual” de los agradecimientos, no por consabido, innecesario, centrarme en el nombre del libro: Río paisano.
Decía Borges –y digo “decía” pues esas conferencias nunca fueron escritas por él- ante estudiantes de la Universidad de Harvard, que existen cuatro modelos de metáfora prototipos del resto de las metáforas que la literatura ha aportado a lo largo de los siglos. Una de ellas es la del río, la de “la idea del tiempo que fluye, que fluye como un río”. Metáfora ya presente en el griego Heráclito.
Si aceptamos que este título hace referencia a la metáfora del fluir del tiempo, se hace inquietante pensar que sea precisamente título del libro con el que se acabó su tiempo. El final del río.
En la desembocadura de cualquier río, es donde se encuentran los sedimentos; los sedimentos de todo aquello que sus aguas ha ido arrastrando desde su nacimiento. Quizá, Joaquín Antonio, consciente de esta bonita imagen, quiere comenzar llamando la atención sobre sus propias fuentes, sobre el inicio de su poética: Virgilio.
Virgilio no es solo el poeta, quiero pensar que es la persona elegida por Peñalosa para simbolizar las letras clásicas, para recoger en un solo nombre toda la caterva de creadores grecolatinos que con sus palabras han fertilizado la literatura occidental a lo largo de los siglos, trasformadas estas, o disfrazadas, con las aguas nuevas de idiomas lejanos e insospechados, como el español de América.
Este río, transporta, pues, vestigios de remotas lecturas y evidentes novedades de la lírica contemporánea.
Antes de continuar, les pediría, abusando tal vez de su amabilidad, que hagan un esfuerzo, por escuchar ahora la voz de Peñalosa y no la mía.
Con más o menos acierto voy a leer en voz alta alguno de los textos de Río paisano, en primer lugar para que los disfruten y en segundo lugar para hacerles explícitos algunos de estos sedimentos a los que me venía refiriendo. Esta lectura es un acto de lealtad a Joaquín Antonio, que aprendió de su profesora en la universidad, la escritora Concha Urquiza, que el tradicional método de enseñar literatura como un cementerio de fechas y nombres hay que abandonarlo y optar por infundir el placer de la literatura desde los textos mismos.
Empecemos con el “Testamento de la abuela” (Página 50, se lee)
-Encontramos la oralidad como en los textos que recitaban los ciegos homeros o los juglares medievales, pero con un verbo tan mexicano como ese “arrímense” que imagino que a los españoles presentes entre el público les habrá sorprendido, pues es más familiar en España el uso de “acérquense”. Va a comenzar la función, el recital, la acción dramática…
-El tono moral del tempus fugit, resumido en “La muerte, el entierro/ son cosas de la vida”.
-El locus amoenus. Ese lugar apacible, donde la naturaleza se presenta en un equilibrio casi perfecto, derrochando la belleza del punto medio, la prosperidad, aquí expresadas en la granada, en la ceiba, en los cántaros llenos, en el vuelo de las mariposas, el suave discurrir del río.
-Las bucólicas de Virgilio, por ejemplo el discurso de Melibeo al comienzo de la Égloga I:
“Tendido al pie de tu haya de ancha sombra,
tú, Títiro, en el leve caramillo
ensayas tus tonadas campesinas.
Nosotros, de la patria en los linderos,
adiós decimos a sus dulces campos,
nosotros, de la patria fugitivos…
tú, tendido a la sombra, al eco enseñas,
oh Títiro, a que el bosque te repita:
¡Amarilis hermosa!...
Aquí habrán notado al igual que yo la oralidad, en cuanto se refiere en segunda persona a Títiro, el tono moral de la fugacidad de la vida, la exquisitez con que se refiere a las cosas del campo, concretamente a la “haya” bajo cuya sombra se tiende Títiro, recordándole a su amada. Del mismo modo Peñalosa sitúa a Juan bajo una aceiba, que es recuerdo de su amada abuela.
-La imagen misma del río, de la que ya hemos hablado.
Todas estas indicaciones mías, no son más que reflexiones realizadas en voz alta, que a buen seguro ustedes podrán realizar durante la lectura del libro de un modo más profundo y seguramente productivo.
Otro poema que me gustaría leerles, esta vez para mostrar la modernidad de nuestro poeta, sin entrar a pesados asuntos formales, como el uso del verso blanco, o la falta de signos de puntuación, es “Tribu de mendigos”. (Página 49, se lee).
Pienso, ustedes también se habrán dado cuenta, que en este poema se usa una técnica muy fotográfica, algo muy moderno. El poema son tres fotografías, tres momentos congelados por imágenes:
a)La primera muy dickensniana, ahora que comenzamos el segundo centenario de Dickens. Los mendigos en una calle.
b)La segunda, como una crítica a la manera en que los hombres acallamos nuestra conciencia, justificando la indiferencia con excusas: un matrimonio y un diablillo.
c)La tercera, la penosa imagen de los pobres retirándose a los arrabales para dormir.
Por último les leeré, a modo de despedida, no olviden que es Peñalosa quienes le habla, no yo, “Muerte no es morir”. (Página 99, se lee).
Me encantaría seguir hablándoles de la poesía de Peñalosa, porque me entusiasma su optimismo, su novedad, su lenguaje humanizado y porque como señaló el introductor de Peñalosa en España, el también poeta Miguel d’Ors, la poesía de Joaquín Antonio es como “un vaso de buen vino”.
Pero no quiero seguir aburriéndoles con digresiones y dejo que sea su imaginación y no la mía la que les haga disfrutar de estos versos.
En el asunto de la lectura de los
niños tememos renunciar a lo pragmático, aunque sus escasos resultados vayan
en perjuicio de lo esencial.
¿Por qué deseamos que los niños
lean, “aunque sea” un diario deportivo? Porque, sin duda, tenemos la convicción
de que el hábito de descodificar palabras, sean las que sean, beneficia
indiscutiblemente al lector. Sin embargo, en mi experiencia no pequeña de
fomentar la lectura, encuentro, no inútil, sino hasta perjudicial, el hecho de
que los niños lean por leer.
Actualmente en el mercado
editorial juvenil se ofrecen ingentes cantidades de títulos encaminados a esta
praxis del leer por leer. Y me pregunto ¿esas lecturas benefician a sus
lectores? Si somos pragmáticos –y olvidamos cuál es la esencia misma de la
lectura-, diríamos que sí, pues el niño se acostumbra a leer y eso hará que
mejore sus destrezas expresivas. Es decir, un resultado que hace de la lectura
una acción exclusivamente instrumental. Así y todo, no tengo clara la certeza
de esta afirmación desde un punto de vista empírico, pues conozco una mayoría
de consumidores de este tipo de lecturas que no mejoran su vocabulario, no
maduran sus ideas y no son capaces de expresarse mejor que sus compañeros que
no leen. Es más, fácilmente esos lectores acaban por abandonar la lectura y
encontrar tediosa la presencia de un título clásico, qué decir ya si se trata
de poesía.
Lo único pragmático constatable
de estas lecturas es que resultan entretenidas en tanto que muchas de ellas
apelan a esa curiosidad llamada morbo (erotismo, violencia, sangre, poder,
venganza), que está despertando en las mentes adolescentes. En cuanto el morbo
se puede encontrar más cómodamente en la internet, en la televisión y en la propia
vivencia de la calle, no es raro que se abandone la lectura. ¿Ha resultado
entonces formativo que el niño lea? Observo que no. Y es que se olvida que la
literatura es algo que se valora por su esencia, no por logros cuantificables. De modo que un niño que haya leído un solo
libro en todo un curso académico, puede haber madurado más que el que haya
recibido un diploma por leer gran cantidad de libros durante el mismo curso.
La literatura busca la
comunicación y, por tanto, lo más importante es seleccionar los mensajes que
pretendemos que el niño lea y asimile. Los mensajes más enriquecedores suelen
expresarse de un modo que no se alcanza a comprender sin haber adquirido una
determinada manera de descifrarlos, de leer. Si lo que enriquece de un libro es
indescifrable, es entonces inalcanzable y hace estéril la obra literaria.
Para lograr que un niño esté en
disposición de hacerse mejor –esto es la esencia- a través de la lectura,
debemos ir ofreciéndole de modo progresivo libros de calidad, con valores
universales, con riqueza expresiva, de toda índole: lírica, narrativa y
dramática; con abundancia de simbología, con palabras en desuso dentro de su
jerga y del empobrecido lenguaje coloquial. Para ello no queda más remedio que
salir del mercado y de los fenómenos de masas. La lectura de un libro como Juego de tronos, puede resultar más
perjudicial, esencialmente hablando, que no leerlo.
Los planes de estudios deberían
ser más sensibles a la auténtica importancia de la lectura, de poner en
disposición de leer, entender y disfrutar, por ejemplo El Quijote, a una mayoría de estudiantes; pero mucho me temo que
los intereses ideológicos estén por la línea de grabar en la mente del lector
lo políticamente correcto, frente a lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo
malo, lo que merece la pena y lo que es despreciable. Y, sin duda, es por ello
que una corriente muy fuerte de la actual didáctica de la literatura renuncie a
los clásicos por mor de un canon impuesto por las necesidades comerciales de
las editoriales y de los grupos ideológicos de poder como el feminismo, el
ecologismo, el laicismo y otros ismos, siempre empobrecedores –ya que se
limitan a ver la realidad por un solo canuto-, frente a la amplitud de los
valores universales que hacen clásicos a los clásicos, pues son imperecederos.
Quien haya leído alguna vez el Antiguo Testamento, así como algún libro de las civilizaciones de la antigüedad egipcia, persa, asiria, griega, romana, e incluso sobre las germánicas o cualesquiera que sean, se habrá percatado de la evidencia de la idolatría, un concepto de fácil comprensión en cuanto a su significado -la adoración que es profesada a los ídolos-, y difícilmente en cuanto al sentido de su práctica.
Pienso sobre este fenómeno religioso y me pregunto por qué resulta tan atractivo para el hombre el someterse a la servidumbre y a la veneración de algo que ha sido construido por él mismo. Cuando de niño me explicaban en qué consistía la idolatría, no me cuadraba en mis esquemas mentales que una persona pudiera pensar que una estatua que acababa de esculpir pudiera ser Dios. Ahora tampoco, la verdad. La diferencia es que cuando era niño estaba convencido de que los ídolos eran invenciones del pasado y que la humanidad los adoraba por ignorancia. Sin embargo hoy, en una sociedad construida por la razón y por el conocimiento científico, persiste la idolatría de una forma llamativamente extendida y me estoy refiriendo a Occidente.
Los occidentales somos capaces de renegar de la religión, de enaltecer el ateísmo como negación de un Dios único y todopoderoso y de mostrarnos crédulos y serviles a manifestaciones ficticias de las potencias divinas repartiéndolas en diversos fetiches. Lo observo en el deporte, más concretamente en el fútbol, en los grupos musicales, en los políticos, en las modelos, en los personajes cinematográficos o de las teleseries, en el manga… Descubro sorprendido que muchas personas a mi alrededor creen que su ídolo creado por humanos es Dios. Y lo imitan, visten como él, se peinan como él, piensan como en la tele nos hacen creer que piensa, llenamos toda nuestra realidad de carteles, póster, colgantes, fotos, imágenes, de sus cosas o de algo suyo (no me sorprende más un friki del manga vestido de Naruto que un seguidor de Ronaldo que, vestido con su camiseta, se quede sin dormir porque el Madrid haya sido eliminado de la Champion, ya que ambos, Naruto y el icono Ronaldo, son invenciones humanas), aunque sepamos que detrás de todo esto no hay nada, sólo nuestra imaginación o una realidad más o menos fantasiosa fruto del deseo, de lo que nos gustaría que fuera.
Podría ser que esta idolatría moderna no sea sino una forma más de ateísmo, puesto que en el fondo es la adoración de la nada, de una creación humana, de un objeto vacío y de una renegación y desconfianza del auténtico Dios, del Ser que da explicación de todo y que no ha sido creado, sino que es creador.
Si los hebreos caían continuamente en este peligro a pesar de las revelaciones directas de Yahvé-Dios y de las advertencias de los profetas y las prescripciones de su Ley, cuánto más caerán en la sumisión idólatra los habitantes de una civilización cuya diosa es una razón humana, que sólo puede prometer la tierra utópica de la concordia social y el bienestar perpetuo. La auténtica razón pierde entonces su valor y, devaluada, deja su trono a la imaginación y a la ficción, tan válidas, entonces, como la utopía atea del racionalismo.
Un niño tiene que gozar con el lenguaje literario y los recursos simbólicos y argumentales presentes en sus textos. Hay que provocar el placer estético para que el alumno lea. Leer es, pues, un placer, y cosas así, son las que hacen que las editoriales sigan desperdiciando tinta a color y papel cartoné para la edición de los miles de libros que cada año salen al mercado, buscando atraer por la vista al infante y al adolescente. Sin darse cuenta, quizá premeditadamente, de que la lectura es de la letra y no del dibujo ni de la portada.
Pienso –estoy convencido- que es un gran error pretender que un niño lea, motivado por el placer. Entre otras cosas porque la finalidad de la lectura no es sentir placer, solamente. Leer es esforzado, y que la letra con sangre entra es una realidad que nuestra actual situación académica está demostrando como un hecho empírico. Desde que el aprendizaje queda supeditado a la libre iniciativa del alumno, que se siente atraído por el placer, no hemos tenido tanto fracaso escolar ni tanto analfabeto con estudios. Las aulas universitarias están llenas de personas incultas, muchas de ellas no han leído un clásico en su vida. Es decir, que sin sangre, sin esfuerzo, aquí no lee ni Perry. El problema es que el esfuerzo es algo que va camino de desaparecer hasta del diccionario.
Bien es verdad que muchos, sin embargo, son los libros que se venden, aunque no tantos los que se leen. La gente regala libros, pero no se leen; en el mejor de los casos pasan a adornar las estanterías de una biblioteca virgen, de libros inmaculados. ¿Y el fenómeno Harry Potter o el de los vampiros de Crepúsculo? ¿Qué hay de Larsson y Follet? Esos son libros que se leen con gusto, y mucha gente los lee, se podría replicar. Sentirse satisfecho por esto, sería similar a estar satisfecho porque nuestros hijos se hinchan de comer hamburguesas malsanas en un restaurante de comida rápida. Los niños y los adultos también, por qué no, deben comer de todo y de un modo equilibrado para crecer y mantener sano el organismo. Del mismo modo, nuestra inteligencia necesita para desarrollarse una dieta equilibrada. No puede alimentarse solo de hamburguesas chorreantes de grasa.
Recuerden cuando eran pequeños y piensen en las comidas de casa: muchas, me atrevería a decir, la mayoría, no gustaban, en muchos casos producían un rechazo casi angustioso y resultaba una tragedia comerse aquellas verduras, esos potajes, pescados, etc. Por supuesto el alcohol –el vino, la cerveza, el cava- seguramente eran asquerosos para nuestro paladar, igual que el café del que no podemos pasar ahora un día sin habernos tomado alguno que otro. ¿No se deleitan hoy con esas comidas antaño asquerosas? ¿No les parece vulgar comerse una hamburguesa con coca cola? Si les ocurre eso es porque han educado su paladar, les han enseñado a comer bien, han madurado en el conocimiento de lo que antes hacían como mera obligación. Han conseguido sacar el placer de lo que aparentemente era desagradable. Y a nadie le asombra que para celebrar una fiesta importante se descorche una botella de champán y no de Fanta de naranja. Den gracias a quienes le hayan descubierto esa otra dimensión sensorial que es la de la buena cocina y no le han dejado seguir solo su capricho hacia el pan de molde y la carne de rata.
Algo similar ocurre con la lectura. ¿Por qué vamos a tener miedo de crear un buen hábito a un hijo porque se aburra? Si solo leemos Harry Potter y cosas por el estilo, aunque tengan muchas páginas, nunca apreciaremos el placer de la lectura, ni aprenderemos tantos valores y enseñanzas que los libros recogen. Gozar de ese placer requiere un adiestramiento, como el de comer, si bien es verdad que este último es más fácil de conseguir, puesto que todos hemos sido dotados por la naturaleza de parecidas capacidades fisiológicas y el placer de leer no es solamente orgánico. Hay que conseguir probar algo que disgusta, un libro arduo, por lo costoso de su lectura. Da igual que no se disfrute, el intelecto del niño lo necesita y probablemente lo sabrá apreciar en el futuro. Hoy yo sería incapaz de leer un best seller, y, sin embargo, disfruto, como no se pueden hacer cargo, leyendo El Quijote, La mocedades de Ulises, a Aldecoa y a Mendoza. ¿Para mí leer es un placer? A veces lo es, pero sobre todo es una necesidad, y muchas veces un ejercicio por engranar mis ideas, por buscar una salida a tantos problemas, a tantos anhelos e ilusiones. Siempre leer resulta productivo, porque enseña a pensar. Para mí no es mero pasatiempo, es formación, pero una formación del propio sentido estético, que será capaz de descubrir la belleza excelsa que tantos necios reprueban para regocijo de su ignorancia, porque no han sido capaces de vencer la angustia de su sabor inicial.
No quería escribir sobre este asunto, pues ya lo han hecho muchos y porque pienso que no tiene necesidad de muchos argumentos lo que es evidente. Sin embargo, por cariño al Santo Padre y por amor a la verdad, aportaré mi granito de arena a este debate.
Me quería apoyar en dos argumentos, los únicos científicos que conozco sobre este tema, para defender las declaraciones del Papa Benedicto XVI a favor de la vida y el amor humano y en contra del preservativo. Se trata del muy desconocido caso Uganda, único país africano donde se reduce el número de contagiados de SIDA hasta casi desaparecer y del más cercano caso de incremento de embarazo entre adolescentes en España, curiosamente desde la penúltima campaña publicitaria del Gobierno para usar el preservativo (la del póntelo, pónselo).
En el segundo caso es evidente (lo dicen las estadísticas del propio Ministerio de Sanidad) que desde que hay preservativo hay más promiscuidad y más riesgo de embarazo precoz (10.700 casos en 2007). Del mismo modo que puede haber embarazo con preservativo, la lógica me lleva a pensar que puede haber contagio de enfermedades de transmisión sexual. Conclusión de los expertos del Ministerio de Sanidad: hacer una nueva campaña del preservativo para adolescentes y repartirlos a diestro y siniestro [¿?].
En el primer caso, es evidente que el Gobierno de Uganda promocionó la abstinencia sexual entre los jóvenes y las relaciones esporádicas para disminuir la promiscuidad y así el riesgo de contraer el SIDA. Resultados: desciende el número de contagios según datos de la Organización Mundial de la Salud y de las Naciones Unidas. En los demás países el SIDA no solo se mantiene, sino que aumenta. Conclusión de nuestro Gobierno: hay que mandar más preservativos a África para evitar el contagio de SIDA [¿?].
No quiero interpretar esto, a cada lector lo dejo. Ahora bien, no sé cómo pueden llamar irresponsable a Benedicto XVI por defender al hombre y a la mujer africana del mercado del sexo, quien tan irresposable e irracionalmente aplica medidas en su contra, y a los datos me remito y no a argumentos morales.
Ayer leía en el periódico que una madre se enfrentaba a una sentencia de cárcel por haber pegado una bofetada a un menor (su hijo), porque no quería hacer los deberes. Según la reseña se trata del clásico tortazo, no piensen en grandes palizas ni otras violencias. Y pregunto, como lo hacen en los pueblos: niño, ¿tú de quién eres? Por lo que se lee, parece que el menor es del Ministerio Público que pide la pena de cárcel para esa señora. No es el hijo de su madre, sino un menor del Estado español. ¿Por eso papá Estado defiende a su menor de las medidas adoptadas por una represiva madre que pretende ejercer su derecho a educar?
En el fondo del asunto parece estar la noción de “ciudadano”. El menor es un ciudadano y como tal, es amparado por la justicia, aunque ni él, ni su padre hayan puesto denuncia alguna, sino el centro escolar donde está matriculado. Todo ciudadano tiene este derecho, aunque todavía se esté gestando en el vientre de su madre, ya que en ese caso puede incluso recibir una herencia. Bueno, en realidad puede recibir una herencia, pero se le puede negar el derecho a recibir la vida, y ya recibida, incluso a nacer, aunque ese es otro asunto. A lo que iba, el ciudadano es del Estado y es el Estado el que lo defiende hasta de sus padres. ¿Razonable? Sí, pero desde un punto de vista meramente jurídico, pues en la vida real, el ciudadano es una persona y después todo lo demás.
Entonces ¿se puede pensar que hay algún interés escondido detrás de que dejemos de ser personas, es decir, Fulanito, de Menganita y de Perentano, para pasar a ser ciudadanos “menores” del Estado Español? Algo puede tener que ver el socialismo centralizador que nos gobierna y que ha logrado -con esfuerzo de años- hacer a los españoles sumisos ideológicamente a sus propuestas de ley. Sí, y no salgo por peteneras, porque según esta lógica, si ante todo se es ciudadano y no persona, en lugar de conciencia, lo principal que se tiene es un voto; luego en lugar de educar para formar la conciencia habrá que educar para orientar el voto. A esto se le denomina “propaganda” y desde ahora también Educación para la Ciudadanía, un arma estupenda para crear un marco de referencia de valores que coincidan con los contenidos electorales que en un futuro el socialismo les propondrá para que voten y para que abominen de todo aquello que sea peligroso para su anquilosamiento en el poder, ya sea porque active el pensamiento o porque les muestre la belleza de la libertad: la autoridad de los padres, el prestigio del profesor, el conocimiento de la historia, la lectura de los clásicos, la práctica religiosa, la adquisición de virtudes, el amor y respeto a la vida, etc.
El absoluto control que un Estado socialista pretende sobre todas las cosas (incluyéndose en este concepto a ciudadanos, ya que no son personas, ni tampoco animales, espero) está muy en contra del sistema educativo que, sin embargo, refuerzan con la polémica LOE: hacer que sea el alumno quien cree sus propios conocimientos con la mera observación y orientación del educador. Ellos dicen eso para la educación oficial, porque viste muy bien ser progresista en educación, es decir, aplicar teorías sin demostración real, con resultados patéticos en cuanto a la falta de conocimientos (como indica el informe PISA) y de abandono escolar, y no obstante ejercen una política de ideologización totalmente conductivista, en la que se suspende (cate, cero patatero, fracaso) con la exclusión social al que no repita su credo psoecrático. ¿Contradicción? Quizá menos de lo que parece: ignorancia y adoctrinamiento ideológico van de la mano.
Un buen bofetón a tiempo me parece por eso una medida educativa , a veces, muy importante, más que por su efecto inmediato, por el trato personal que significa. Antes de tomar conciencia de su ciudadanía, el niño debe conocer su valor como persona, como un alguien único, querido por lo que es y no por el voto que supone, y esto es verdaderamente difícil si no se le puede corregir. A muchos nos han dado un bofetón de pequeños y pienso, sin temor a equivocarme, que mi trauma, en caso de que lo haya habido, será siempre menor que el que posiblemente me hubiera creado ver a mi madre en la cárcel por intentar darme educación.
La dialéctica siempre ha sido cosa de la inteligencia, vamos, que difícilmente va a tener algo que decir contra un argumento bien dado un descerebrado.
Quizá por ello la banda criminal esa de ETA, ha atentado ya seis veces contra la Universidad de Navarra. Y lo entiendo. Es que tiene que ser muy doloroso ver cómo en “tu propio territorio” hay una universidad de las más prestigiosas del país, y no es independentista. Es decir, que el prestigio intelectual no comulga con el nacionalismo vasco. Duro golpe.
Si su causa –si es que existe alguna causa detrás de ETA- es razonable, pues eso, que razonen. Que monten una universidad mejor que la de Navarra y que le hagan sombra. Que monten un centro de estudios que atraiga las inteligencias y las voluntades y que sea un referente de la causa independentista -aunque mucho me temo que lo del nacionalismo no sea más que una tapadera para encubrir un nefasto negocio- en un ámbito académico internacional.
Pero es doloroso saber que uno defiende una causa absurda, sin sentido, injustificable… Entregar la vida por una tontería es algo que escuece a la conciencia como una herida abierta. No es de extrañar que siendo esto así, que por no tener argumentos sensatos y convincentes, tengas que emprenderla a porrazos o a bombazos con quien te contradiga o no te dé la razón. Si es que cuando uno se pica…por algo será.
Al parecer en Grecia hay un refrán que dice que cuando uno le pone una vela a Dios hay que ponerle dos al diablo, eso afirma Laura Gallego en su página web para justificar el título de su última novela para el público infantil-juvenil: Dos velas para el diablo.
Me imagino que realmente este dicho existirá en aquella egregia tierra -no tengo amigo alguno de por allí a quien preguntarle-, lo que no sé es cuál será la relación lógica que encadene esas dos sentencias; en fin, no es mi propósito hablar sobre el significado de tan curiosa frase. No obstante, sí es mi propósito mostrar la perplejidad en la que me quedo, al comprobar que el libro de Gallego es publicado por SM, famosa editorial antaño, al menos, de los marianistas. ¿Por qué mi perplejidad? Porque me parece un libro éste poco educativo, es más, me parece –siempre hasta cierto punto, tampoco hay que exagerar- destructivo, y es contradictorio que lo publique una editorial que se llama a sí misma educativa.
Sí, me parece destructivo, porque los lectores de Laura Gallego suelen ser chicos (y utilizo nuestro útil género común) preadolescentes y adolescentes, es decir, gente por formar, muy vulnerable a cualquier idea que presente apariencia de verdad.
A estos chicos se les está acostumbrando a leer –precisamente, paradoja, en un momento en que se quiere una sociedad laicista, es su sentido más materialista de la palabra- historias de ángeles y demonios, magia y fuerzas ocultas, intentando dar un fundamento a su existencia (algo que nunca ha sucedido en los auténticos cuentos de fantasía, donde el origen de todo hecho fantástico brilla por su ausencia) y confundiendo las categorías de bueno y malo en unos personajes que lo son al arbitrio de la autora, aunque sean demonios (que obedeciendo al refrán griego en le que se inspira la novela, no puede ser otro el diablo que el de la Biblia, el de la religión cristiana, que es malo), y es que en esta novela hay demonios buenos.
Se logra así confundir a los maleables lectores, cuya idea de lo sobrenatural suele ser muy precaria, y está acosada por sincretismos religiosos tan particulares como el de Laura Gallego, que es capaz de mezclar lo kistch, con la estética del manga y un complejo mundo de esoterismo, donde los protagonistas están sometidos a violentos episodios de venganzas, amores vacuos, lucha por la supervivencia del más preparado, etc. Se puede creer que los demonios pueden existir o no, pero hay que aclarar a un niño que, si se admite su existencia, el demonio es malo. Una vez establecidas y fijadas estas categorías el niño tendrá tiempo más adelante de plantearse otras subjetividades acerca de la ambigüedad del bien y del mal.
Fuera de juzgar la calidad literaria de los libros de Gallego, lo que no voy a hacer ahora, considero que su obra ha caído en un carril literario de moda (el de Harry Potter, El elfo oscuro, El ejército negro...), donde la fantasía ha derivado a lo demoníaco, al morbo que despierta en el ser humano la atracción del mal, y al tirón que tiene actualmente la intriga policíaca asociada a todo tipo de ambientes y mundos literarios. Pienso que nuestros best seller son una reencarnación de Agatha Christie en los más peculiares relatos (sirva como ejemplo la novela de Eduardo Mendoza El asombroso viaje de Pomponio Flato o el famoso Código da Vinci, compendios de mentiras y ácidas sátiras donde priman las ventas por encima de lo literario). En ningún caso justifico que una editorial de prestigio, como SM, se sirva de los estudios de mercado para publicar novelas exitosas, pese a sus escasos o contradictorios valores. Al pueblo se le puede hablar en necio para darle gusto, pero los niños tienen derecho a que se proteja su formación intelectual, para lo que hay muchos libros –de otro tipo- y muy buenos.
A lo largo de la historia el ser humano ha ido aprendiendo y descubriendo qué conductas son adecuadas para adaptar el entorno a sus necesidades y para no equivocarse al hacer uso de su libertad. Para ello ha hecho la selección de aquellas conductas que ha comprobado que son beneficiosas y ha descartado aquellas otras cuya experiencia habría sido negativa, alimentando así un legado común que se ha transmitido de generación en generación, de padres a hijos, familiarmente, al que denominamos cultura.
La cultura, originariamente transmitida de modo oral debido al reducido número de individuos que conformaban las primitivas comunidades humanas, así como por sus escasos contenidos, fue paulatinamente conservándose en documentos escritos a causa del crecimiento de conocimientos –tantos, que peligraba su conservación en la simple memoria- y del aumento de la población. Así comenzó la Historia.
Referida a cualquier aspecto relacionado con el modo de desarrollar la vida humana (gastronomía, agricultura, ganadería, industria, etc.), la cultura alcanza su más profunda sabiduría, no en el aspecto técnico, sino en aquello que el hombre aprecia por encima de cualquier otra cosa: la consecución de la felicidad. El camino del hombre hacia la felicidad no es nada fácil, bastaría observar la cantidad de gente que no ha logrado ser feliz. En parte este camino no es fácil, porque se encuentra lleno de bifurcaciones a causa de esa característica del ser humano que es la libertad.
La cultura ha acumulado y transmitido unas reglas morales, antes asentidas como de sentido común, por ser común –universal- su reconocimiento, reglas que orientan la elección de la libertad. Muchos hombres y mujeres han comprometido su vida –a veces hasta la muerte- por descubrirlas y conservarlas en beneficio de las generaciones futuras.
Ninguna función debería ser más importante en una sociedad que la de conservar, aprender a interpretar y transmitir su legado cultural –la tradición- que dejaron sus antepasados más o menos directos. Precisamente se ha de cuidar mucho, pues gracias a este acopio de saberes prácticos y teóricos, la sociedad encuentra un peldaño desde el que tomar impulso para seguir creciendo y conoce, sin tener que probarla, cuál es la piedra en la que puede tropezar y cuáles son los daños que produce esa caída.
¿Dónde está la cultura de nuestra sociedad de hoy? ¿Dónde se conserva? Sin duda en las familias, donde se transmite de modo espontáneo y duradero, con la fuerza del prestigio moral, los conocimientos fundamentales para la supervivencia y los criterios para no ser desdichados en nuestras elecciones. Y en los libros, donde se escribe todo aquello relacionado con lo que otros ya han vivido (Historia), ya han pensado (Filosofía), o ya han sentido (Arte, Literatura...). Evidentemente, reconocer lo que otros nos enseñan exige un cierto grado de confianza y de humildad. Sin embargo, cuando el legado ha sido donado por gente de fiar, hasta el punto de haber dado su vida por conservarlo (tantos padres y madres de familia, militares, investigadores, mártires y santos, etc.) rechazar su doctrina de plano o intentar comenzar de nuevo no tienen más explicación que la soberbia y un criticismo furibundo disfrazado de un falso espíritu crítico.
El que desdeña la tradición, desconfía. El que desdeña la tradición cae en la trampa de querer probar esa piedra en la que otros ya han caído.
En estos tiempos, parece que ser progresista es sinónimo de rechazar la tradición y luchar por su destrucción. La doctrina de siempre es etiquetada como moral de otros tiempos, y los clásicos son condenados al rincón de la erudición y el elitismo. Parece que la educación quiere prescindir de las humanidades, y la Filosofía y la Literatura son desplazadas por los conocimientos de índole técnica e instrumental, relacionado con el pensamiento lógico matemático. Un Gobierno que dirija al país por este camino lleva a la sociedad –bajo la bandera del progreso, curiosa paradoja- hacia su “deseducación” en el terreno del la moral y costumbres, es decir, en el aprendizaje de la buena elección el hombre volvería al origen de los tiempos, a una época donde todo conocimiento heredado habría sido olvidado, ocultado o destruido. No obstante, en esta nueva Edad de Piedra moral, el hombre contaría con los medios más ricos que la técnica humana haya jamás conocido, un instrumento esta nueva ciencia, que en manos de un ser como el nuevo hombre que se pretende, podría irremediablemente volverse contra su propio autor.
Me pregunto, pues, si no será este el momento de releer esos libros como Un mundo feliz de Huxley o el Fahrenheit 451 de Bradbury. Quizá estos libros conserven una enseñanza que aún nos podría ser de provecho en estos tiempos modernos.
Desde hace ya unos años vengo observando en los proyectos curriculares de la asignatura de Lengua Española y Literatura, que uno de los objetivos primordiales de esta asignatura es lograr que el alumno adquiera destreza en la lectura de textos y en su comprensión, como instrumento para desarrollar las capacidades comunicativas.
Efectivamente, no le falta razón a quien afirme que la lectura es muy conveniente para aprender a escribir y a expresarse, así como para comprender y entender lo que nos dicen o leemos. Por eso es magnífico que estemos de acuerdo en nuestra comunidad educativa en la obligatoriedad del estudio de esta asignatura hasta finalizar el Bachillerato. Es más, en la LOE se contempla el incremento de horas semanales que en las aulas españolas se dedicarán a impartir esta asignatura tan instrumental.
Sin embargo pienso que es un error limitarse a ver la lectura como un instrumento, como un simple medio para lograr despertar la capacidad comunicativa y para desarrollarla con éxito y corrección. La lectura va más allá, trasciende siempre el mero aprendizaje más o menos explícito de unas estructuras gramaticales, la lectura de un libro o de un artículo, ofrece siempre una visión de la vida, del mundo. La lectura de una novela, de un poema o de una obra teatral siempre aporta la experiencia de personas ajenas, de mundos ajenos y de pensamientos ajenos. A diferencia de otros medios escritos, las obras literarias presentan modelos, muestran lo que hay de bueno y de hermoso en la existencia, sin demostrarlo. Cualquiera es capaz de acceder a sus contenidos, cualquiera es capaz de comprender y valorar los argumentos, porque cualquiera que lea o escuche estas historias, estas palabras, tiene algo en común con todo esto: la vida. La lectura sirve para leer mejor, para escribir mejor, para comprender mejor textos expositivos, argumentativos, descriptivos, narrativos… No. La lectura sirve para aprender a vivir, para aprender a saborear la excelencia del dolor (el gran problema de nuestro siglo), para encontrar un tesoro de conocimiento que nos guíe hacia la felicidad, que nos ayude a comprender el sentido de pisotear nuestro yo, como tantos héroes, para alcanzar la perfección, que nos ayude a respetar al otro por su propia dignidad de persona, por la libertad de su conciencia. La lectura sirve sobre todo para aprender a movernos por situaciones en las que otros ya se han encontrado.
Hay dos males, al menos, en nuestra sociedad que nos encaminan hacia una decadencia moral y espiritual, hacia una crisis de virtudes y valores: uno, el no leer libros o el leer libros malos; otro, quitarle a la lectura su función principal de transmisora de cultura y de mensajes valiosos.
Se habla de la educación de la ciudadanía y de la formación de la conciencia moral. Se habla de resitencia de los centros educativos a cumplir la ley y de objeción de conciencia de padres y alumnos ante tal asignatura. Desde el Gobierno se habla de obligatoriedad de la LOE y de impartir y de cursar –según sea el caso: colegio o alumno- la dicha “educación para la ciudadanía”. Dice, además, De la Vega, que esta asignatura no invade el derecho de los padres. El caso es que solo dice esto ¿sus motivos habrá?.
La Iglesia ha sacado distintos documentos en los que argumenta los incovenientes morales que encuentra en la implantación de esta asignatura. Miles de españoles han criticado en la calle (acuérdense de las manifestaciones anti LOE de Madrid) la política educativa del Gobierno. Intelectuales de distintos signos políticos lo hacen con su pluma en distintos artículos de la prensa diaria o en publicaciones universitarias. Les invito a algo tan asequible para cualquiera como visitar algunos blog críticos con la LOE en la internet… Dicen que cuando el río suena, agua lleva.
El empecinamiento de este paternalista Gobierno, que quiere todo para el pueblo pero sin el pueblo, en este caso con la polémica asignatura que ha diseñado el neutral Peces Barba en una cátedra de la neutral universidad del PSOE Carlos III, con el objetivo de formar la conciencia moral de los españoles, no puede menos que recordar a ese otro Gobierno que hubo en España, que contra toda opinión (incluida nuevamente la de la Iglesia) y sin mostrar dato objetivo alguno a favor de su postura, nos embarcó en el grupo de los que respaldaban la invasión armada de Irak.
Empecinamiento, por cierto, que no puede dejar de ser curioso, sobre todo, porque la conciencia (eso de lo que los cristianos hemos hablado siempre como un ámbito inviolable de la persona) ha sido y es un aspecto de la realidad continuamente olvidado por las ideologías socialistas para las que la persona y su dignidad individual, no son ni mucho menos un valor absoluto, sino una pieza más del engranaje social, es decir, que cada uno sólo vale lo que vale para la sociedad. Efectivamente eso es un ciudadano, pero ¿es una persona? ¿Qué respeto hacia la conciencia existe cuando ni siquiera se contempla poder alegar no hacer algo por ir en contra de sus principios, cuando la ley está por encima de la persona?
En definitiva, que el Gobierno quiere que pasemos todos por su aro, que seguro que llegamos a buen fin. ¿Por qué? Porque tiene usted la garantía del grupo ZP, no espere usted más razones que las que se les daría a un alumno de Primaria. Juzgue hasta qué punto esta garantía puede darle confianza después de lo de ETA, por ejemplo.
Últimamente se escucha mucho esta palabra en la boca de los socialistas que, para bien o para mal nos gobiernan, y como es una palabra que tiene que ver con el vigor, y como uno de mis últimos artículos versaba sobre este, escasa virtud, me he decidido a escribir sobre la tal palabra. Porque resulta que me sorprendió escuchar que el tal gobierno afronta situaciones problemáticas –las creadas por ellos mismos, por ejemplo con el cansino asunto problemático de ETA, o con la dimisión de su candidato por Madrid- con firmeza. Porque resulta que desde que me sorprendió esta dichosa palabra, me la he ido encontrando en las explicaciones de Pepiño Blanco, en las de nuestro castizo Zp, al que le faltó agarrarse los pantalones y subírselos hasta los sobacos, con ese gesto torero y esa mano derecha subibajante con la que pontificaba desde el ambón. ¿Firmeza? Firme era el gobierno que quería, para bien o para mal, su antecesor José María, y firme es la posición que, para bien o para mal una vez más, adoptó su opositor Rajoy con el asunto de no negociar con asesinos. Firme es una palabra que carece de sentido emplear si no se dice en qué posición uno se mantiene firme. Firme es una palabra que se está empleando ahora, cuando se reconoce un error, o cuando éste se acaba de evidenciar. Es decir, ¿firme en el error? Mucho me temo que el Gobierno zapaterista no quiera indicar dónde se quiere mantener firme, porque si lo dijera quedaría como si fuera un perfecto palurdo: tendría que reconocer que pese a estar equivocado sigue firme. O es eso, o mucho más me temo que esos socialistas que nos gobiernan empleen repetidamente esa palabra y no signifique lo que ellos piensan. Firmeza, tal y como lo dicen nuestros gobernantes, parece asimilarse a esa expresión tan coloquial de no apearse del burro. Así, que no nos apeamos del burro –dirán ellos-, porque para eso somos más chulos que nadie los socialistas, así, con ese brazo derecho sibibajante, con esa estrafalaria pose torera, que para eso los otros son los radicales que no se apean del burro ¡hombre!
El hombre es un ser con intimidad. Todo el mundo tiene intimidad. De hecho, uno de los derechos fundamentales de la persona es el de que su intimidad sea respetada y custodiada. Cuando algo es íntimo sólo es comunicado a aquel a quien uno quiere, pues lo íntimo es aquello que sólo uno conoce y solo es revelado cuando existe una voluntad de hacerlo. Así, nuestros pensamientos, nuestras opiniones y lo que en conciencia valoramos como bueno y como malo, es tan interior que ni siquiera con violencia física nos lo pueden arrebatar, si no queremos. En eso precisamente se fundamenta la libertad de las conciencias (se trata del famoso grito de Braveheart: “nos podrán quitar todo, pero jamás nos podrán quitar la libertad”). Ahora bien, lo que es íntimo no es solo aquello que existe en nuestra mente o en nuestro sistema interno de valores. Es íntimo todo aquello que influye directamente en nosotros, en nuestros modos de ser, en nuestros modos de pensar. Es íntimo, pues, todo aquello que percibimos y que es la fuente de gran parte de nuestro conocimiento. Es íntima nuestra agenda personal, es íntima nuestra familia, lo que sucedió anteayer en la cena, el problema que tiene mi hermano mayor… en definitiva, es íntimo aquello de nuestro entorno que estimula de modo especial nuestros sentidos, a través de los cuales vamos fijando un sistema de coordenadas en el que estamos a gusto, en el que contamos las cosas en intimidad, porque la influencia entre los que lo conforman es mutua (la relación entre hermanos, la relación entre los cónyuges, la relación entre los amigos…). Claramente, nada puede ser querido que no sea conocido. De ahí el que haya ciertos asuntos, como ya hemos dicho, que no los demos a conocer a cualquiera. De hacerlo cabría la posibilidad de que todos desearan algo nuestro, de modo que ya no es algo compartido en exclusiva por los conocidos, sino que incluso gente que ni se sospecha que exista puede estar manipulando o manoseando. A nadie le gusta, si no es por venderse en un programa televisivo, que algo que estima como muy importante, esté en boca de cualquiera, sea tema de conversación en la peluquería, etc. Lo íntimo en cuanto pasa a ser público ya queda violado, ya no se puede guardar en exclusiva para nadie, ni siquiera para nosotros mismos. En este sentido nuestro cuerpo no puede escapar de la intimidad. Precisamente es a través de nuestro cuerpo por donde conocemos y por donde somos conocidos. Si al cuerpo no se le da el respeto debido, la persona entera se resiente: no se resiente el cuerpo, te resientes tú. Cuando no se respeta el cuerpo es la persona la que no es respetada. Ocultar el cuerpo a los sentidos de otro o de otros, es una manera muy legítima de hacer valer nuestra dignidad humana, porque el hombre es un ser íntimo, que puede ocultar cosas y darlas solo a quien quiera y cuando quiera. Perjudicaría su libertad personal y su capacidad de darse en exclusiva el que ha perdido su intimidad, también corporal, pues ya no es algo poseído por un individuo, sino por el público. Una de las definiciones de amor más clásicas desde Aristóteles es la que incide en el hecho de darse. Este darse sólo puede referirse a aquello que el otro, a quien se da, aún no posee. Si no hay nada que el otro no posea en exclusiva, es difícil que perdure el amor, pues ya no se es el interlocutor protagonista, ya no se es el receptor principal de nuestras manifestaciones. Mostrar el propio cuerpo, o ciertas partes del cuerpo, e incluso ciertas expresiones de nuestro cuerpo (aunque sólo sea un gesto, una mueca o una sonrisa) conlleva a una voluntad de querer que sea conocido. Y si existe una voluntad, existe un motivo o una intención. De no haber dicha intención la diferencia entre un hombre y un animal sería escasa, pues el animal no se cuida –sea cual sea- de exhibirse pues no tiene nada íntimo, y no posee una voluntad que lo disponga. Exhibir el propio cuerpo no es una acción trivial como cruzar la calle o atarse los zapatos. Enseñar a otro u otros determinadas partes de nuestro cuerpo tiene una intención claramente provocativa o de llamar la atención, sea o no consciente. De modo que no se trata ya de una cuestión de centímetros de falda, o de una rancia moda chapada a la antigua. No es una mera cuestión de estética o de gusto. Tampoco de bienestar. El bienestar del cuerpo no puede anteponerse al bienestar de la totalidad de la persona, la cual integra algo más que el cuerpo. Por ir a gusto no puedo mostrar a cualquiera aquello que en principio solo debería conocer la persona a la que uno se quiere entregar, al amor de mi vida, con el que comparto mi yo personal. Ama poco quien muestra mucho. Es desagradable también para los que no desean descubrir la intimidad de otros, el tener que recibir continuas imágenes de determinadas partes del cuerpo, incluso en situaciones rutinarias como el trabajo, en la calle, etc. Vivir este pudor ayuda a identificar las potencias humanas con su modo de ser, alcanzándose el equilibrio que trasmite la paz interior y el bienestar supremo, a la vez que un refinamiento del gusto y de la sensibilidad, así como una mayor expresión de la libertad y del autodominio. Quien va perdiendo su intimidad, se puede decir que va dejando de ser persona. Exhibir el cuerpo es exhibir el propio mundo interior, nos hacemos públicos y dejamos de poseernos y de tener el dominio y control de nuestra imagen. La falta de pudor y de recato en una simple mirada nos hace cómplices de una reacción en otro sujeto que pasa a ser parte de su intimidad. Hemos entrado en la vida de otro y el otro ha empezado a estar presente en nuestra vida. Ninguna cabeza bien amueblada abriría las puertas de su casa al primero que pase por el portal ¿por qué se piensa entonces que es natural ir con las carnes al aire? Sólo me lo puedo explicar si no consideramos distinción alguna entre un animal y un hombre.